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La Poliomielitis y el
Síndrome Post-Polio; una Breve Revisión
&
Ldo en Ciencias Químicas, Dr en
Farmacia. Jefe del Servicio de Microbiología Diagnóstica.
Centro
Nacional de Microbiología, Instituto de Salud Carlos
III.
Majadahonda, Madrid.
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LA POLIOMIELITIS Etiología
La poliomielitis está causada
por unos virus neurotropos muy infecciosos, pertenecientes al género
Enterovirus, familia Picornaviridae, llamados virus de
la poliomielitis (VP), cuyo único huésped conocido es el hombre. Existen 3
tipos de VP (tipos 1-3), y el VP1 ha sido el responsable de casi todas las
epidemias sucedidas antes de la era vacunal. Otros miembros de la familia
Picornaviridae , como son los virus Coxsackie y ECHO, pueden causar
enfermedades similares, aunque suelen ser menos
severas. Los VP son pequeños virus
icosaédricos de unos 20-29 nanómetros de diámetro. Su genoma es un RNA
monocatenario que, en la partícula vírica madura, se halla rodeado por una
cápside icosaédrica cuyas proteínas facilitan la adhesión de la partícula
a la membrana de ciertas células. Dado que dicha cápside no contiene
lípidos, los VP son resistentes a la acción de los solventes lipídicos
como el éter. Además, son estables en medios muy ácidos, como el que se da
en el estómago, y soportan temperaturas próximas a los 50°C. Estas
características favorecen la transmisión de los VP a través del agua y los
alimentos. Bajo condiciones apropiadas, los VP pueden sobrevivir en las
aguas residuales durante 4 meses. Transmisión El único huésped natural
conocido de los VP es el hombre y la transmisión sucede por la vía
fecal-oral, a través del agua y de los alimentos contaminados por aguas
residuales, especialmente las verduras frescas que se consumen crudas y
los mariscos. Las personas infectadas pueden
trasmitir la infección desde momentos muy tempranos hasta cuatro o seis
semanas después de la infección, por excreción del VP en secreciones
orales, nasofaríngeas y fecales. Las que se infectan sin desarrollar la
enfermedad se comportan como una fuente no identificable para la diseminación del virus. En
condiciones de hacinamiento e higiene deficiente, los VP se transmiten con
extrema facilidad en el entorno familiar de las personas infectadas. Así,
más del 90% de las personas que conviven con un enfermo de poliomielitis y
que no se han infectado antes por el VP involucrado resultan
infectados. La principal vía de
diseminación de los VP es a través de la contaminación del agua de bebida
y de los alimentos por las aguas residuales. Por lo tanto, el estado de
las infraestructuras para la conducción, tratamiento y vertido de las
mismas determina la frecuencia de la contaminación. Durante los brotes
epidémicos, la transmisión de persona a persona por la vía respiratoria
juega, también, un papel muy importante. Curso de la enfermedad
Los VP penetran en el
organismo por vía oral, se multiplican en la faringe y en el tracto
gastrointestinal del huésped, y se propagan después por el torrente
circulatorio. Desde allí, pueden invadir el sistema linfático y el sistema
nervioso central (SNC). La poliomielitis paralítica se produce cuando el
virus alcanza las neuronas residentes en los centros motores de la médula
espinal. El periodo de incubación de la
enfermedad suele ser de una semana y su curso es muy variable. En la
mayoría de los casos, la infección no ocasiona ninguna enfermedad, pero en
un 2% de ellos el virus alcanza el SNC y produce una enfermedad
neurológica más o menos severa, que usualmente viene precedida de una
enfermedad febril y que suele comenzar bruscamente después de un breve
periodo de remisión. Alrededor de un 30% de los casos que alcanzan esa
etapa se manifiestan bajo la forma de una meningitis aséptica que se
resuelve en pocos días, pero el resto de los casos evolucionan hacia la
parálisis. Generalmente, la parálisis se acompaña de un nuevo pico de
fiebre y no suele progresar una vez que la temperatura se ha
normalizado. Aún cuando la presentación
clínica de la poliomielitis paralítica sugiere una infección limitada a
las placas motoras que inervan los músculos afectados, el estudio de las
necropsias realizadas en casos fatales de poliomielitis indica que el
virus alcanza también otras placas motoras y muchas otras estructuras del
SNC, siendo capaz de infectar neuronas involucradas en funciones
diferentes de las motoras. Esto explica que la infección por VP pueda
también producir cuadros típicos de encefalitis vírica aguda, si bien con
una frecuencia muy baja. Durante el periodo de
convalecencia se desarrollan anticuerpos específicos de tipo que protegen
al individuo contra reinfecciones posteriores por el VP involucrado, no
así, sin embargo, contra infecciones posteriores por los otros tipos.
Estos anticuerpos protectores se dirigen contra proteínas de la cápsise
que son diferentes en cada tipo, y actúan uniéndose a ellas e impidiendo
que el virus se adhiera a la membrana de la célula, bloqueando la
infección. Ese fenómeno se denomina “neutralización”, y los anticuerpos
involucrados en él reciben el nombre de “anticuerpos
neutralizantes”. Cuadros clínicosEn la gran mayoría de los casos, la infección por VP no produce enfermedad u ocasiona una enfermedad leve que no dura más de tres días y que remeda una gripe. No se manifiestan signos de afectación del SNC, pese a que los niveles de proteínas en el líquido cefalorraquídeo pueden aumentar durante 2 ó 3 semanas, indicando la presencia de ligeros cambios de naturaleza inflamatoria a ese nivel. En una pequeña proporción de los casos, esos cambios se acompañan de signos de irritación meníngea, pudiendo declararse una meningitis aséptica benigna que se resuelve espontáneamente en pocos días. La poliomielitis paralítica se
produce en tan sólo un 1% de los casos y comienza de la misma manera, sin
que aparezcan
Diagnóstico
de la poliomielitis Toda parálisis fláccida aguda
que suceda en un niño menor de 15 años de edad constituye un caso
sospechoso de poliomielitis. Cada caso sospechoso debe ser notificado a
las autoridades sanitarias, debiendo realizarse siempre las pruebas de
laboratorio necesarias para su diagnóstico diferencial y eventual
confirmación. Un caso sospechoso que no se estudie de esa forma no puede
considerarse como caso confirmado, ya que existen otros virus humanos
diferentes de los VP que, esporádicamente, pueden producir enfermedades
similares. Además, otras enfermedades, como el síndrome de Guillain-Barré
o la mielitis transversa, que responden a una agresión del sistema inmune
contra el tejido nervioso cursan con parálisis y pueden remedar, durante
un tiempo, una poliomielitis. El diagnóstico de confirmación de la poliomielitis se realiza por diferentes procedimientos que permiten detectar e identificar con facilidad la presencia del VP en una muestra de las heces del paciente tomada en los momentos más tempranos de la infección aguda. En general, las técnicas destinadas a detectar y medir la presencia de anticuerpos específicos en suero no son útiles a efectos de confirmación, aunque sí lo son para determinar si una persona posee inmunidad frente a los VP y para precisar frente a qué tipo o tipos. A diferencia de lo que sucede con muchos otros virus, las técnicas disponibles a ese fin son complejas y solo pueden realizarse en laboratorios altamente especializados. Tratamiento No existe tratamiento específico para la poliomielitis. Una vez que la enfermedad se ha declarado, no hay un tratamiento que la cure. En el período agudo, el tratamiento persigue controlar la fiebre y aliviar el dolor. También se realiza fisioterapia activa y pasiva para evitar las malas posturas y las distensiones y retracciones músculo-tendinosas, protegiendo los segmentos afectados para evitar la deformidad y el crecimiento anormal del hueso. A largo plazo, la fisioterapia rehabilitadora conduce a una recuperación de la función motora, en un grado que dependerá del grado de afectación residual de los músculos involucrados en la parálisis y de la calidad del tratamiento. En los pacientes que presentan deformaciones físicas importantes, la cirugía ortopédica puede suponer un apoyo necesario. Esos tratamientos quirúrgicos pueden ir desde sencillas intervenciones hasta complejos procedimientos que posteriormente necesitan largos períodos de inmovilización y de rehabilitación. Epidemiología
En ausencia de medidas
preventivas a escala comunitaria, los VP son agentes endémicos y ubicuos
que infectan a la práctica totalidad de la población a edades tempranas de
la vida. A esas edades, el porcentaje de niños infectados que desarrollan
la poliomielitis paralítica es muy bajo, por lo que la incidencia de la
enfermedad no es muy elevada y no se producen brotes epidémicos
importantes. Por el contrario, cuando las circunstancias sociales
evolucionan hacia una situación que dificulta la transmisión del virus,
pero que no la elimina, las infecciones suceden a edades más avanzadas y
el porcentaje de las que resultan en parálisis aumenta muy
significativamente, sin que se conozcan bien los motivos de este fenómeno.
Esto sucede cuando mejoran las condiciones higiénicas de las comunidades,
se produce una disminución de la circulación del virus y aumentan las
bolsas de población susceptibles a la infección, favoreciendo la aparición
de focos epidémicos y ocasionando cuadros de enfermedad cuya severidad va
a depender, entre otros factores, de la edad del paciente, aumentando con
la edad. En el mundo desarrollado, la mejora en las condiciones sanitarias del agua y de los alimentos produjo, desde principios del siglo XX, el efecto citado antes, determinando, por paradoja, un aumento serio en la incidencia de la poliomielitis paralítica y numerosos brotes epidémicos severos. Estos brotes afectaron, típicamente, a niños, adolescentes y adultos jóvenes pertenecientes a las clases medias residentes en los grandes núcleos urbanos de los países industrializados. En los Estados Unidos, el número anual de casos se multiplicó por cuatro a partir de 1930, alcanzando cifras del orden de 55.000 a 60.000 casos por año durante la primera mitad de la década de los 50. En Europa, la epidemia de poliomielitis llegó con cierto retraso, pero el número anual de casos sobrepasó los 30.000 durante ese mismo período, lo que supuso una tasa de ataque similar. En total, se puede estimar que al comienzo de 1956 se habían contabilizado ya más de 800.000 casos de poliomielitis paralítica en esas dos regiones, como consecuencia de ese cambio en la epidemiología de la infección. En España y durante esos mismos años, la media anual de casos se situó en torno a los 1.500, con una tasa de ataque que cuadruplicó la registrada entre 1930 y 1950, siendo el VP1 el agente responsable del 85% de los casos.
Historia de la
poliomielitis La historia de la
poliomielitis comienza hace aproximadamente 3000 años. Ya en un grabado
del antiguo Egipto se representa a un sacerdote con una atrofia severa en
una pierna que, probablemente,
fuese consecuencia de una poliomielitis. Durante siglos, los VP,
aunque endémicos y muy comunes, parecían ser invisibles, ya que sólo
producían casos muy esporádicos de enfermedad paralítica infantil. Las
primeras descripciones clínicas datan de 1795 en Inglaterra, 1813 en
Italia, 1823 en la India, y 1890-93 en Estados Unidos. Pero los primeros
casos bien documentados proceden de los países escandinavos (Noruega,
1868; Suecia, 1880), describiéndose entonces la enfermedad de carácter
bifásico mencionada antes y otorgándole un carácter contagioso. Este
último hecho se constató claramente en Suecia, en 1905, durante una
epidemia que afectó a más de 1.000 personas. Tres años después, en 1908,
en Viena, el Dr. Landsteiner confirmó el carácter contagioso de la
enfermedad al transmitirla a un chimpancé por inoculación de médula
espinal de un niño fallecido por poliomielitis, y describió las lesiones
causadas por el VP en la médula. A partir de ese momento, la investigación
de la polio adquirió un gran auge en los EEUU, Canadá y
Europa. Ya desde finales del siglo XIX
se observó que la poliomielitis afectaba más a las poblaciones con cierto
nivel socioeconómico, mientras que pasaba casi desapercibida en las
poblaciones más pobres. El concepto de suciedad y enfermedad, que iba
parejo con el de enfermedad infecciosa, no parecía cumplirse con ella.
Paradójicamente, a medida que el mundo industrial avanzaba y que disminuía
la tasa de mortalidad infantil, señal de mejora higiénica y sanitaria,
aumentaba la frecuencia de la poliomielitis paralítica.
Desde 1880 estaba emergiendo la enfermedad, con brotes epidémicos importantes en distintas partes del mundo. Existen brotes documentados entre los años 1910 y 1912, pero en 1916 se produjo una de las epidemias más graves. Fue en los EEUU, en la ciudad de New York, y ocasionó 27.000 enfermos y cerca de 6.000 muertos.
Figura 1: Incidencia de la polio en Canadá desde
1927 a 1962. A finales de los años 20 y
principios de los 30, la poliomielitis afectó a Canadá, produciendo brotes
por todo el país (Figura 1). Otras epidemias sucedieron en 1927, 1931,
1934-35 en los EEUU; 1934 en Dinamarca; y 1937-38 en
Australia. Durante la Segunda Guerra
Mundial parece que disminuyó la incidencia de la enfermedad, al igual que
sucedió durante la Primera. Pero la poliomielitis emerge de nuevo en 1940,
afectando a Suiza, Holanda, Francia, los EEUU y África del Sur. Sin
embargo, es en los años 1946 a 1953 cuando las epidemias alcanzan la
máxima severidad y difusión,
declarándose brotes en zonas del planeta que hasta entonces habían
permanecido libres. En España, las epidemias más
severas ocurrieron entre 1950 y 1963. Entre los años 1930 y 1950 se
produjeron 400 casos anuales como media. Después, esta cifra fue
aumentando progresivamente hasta 1963, alcanzando los 1.500 casos anuales
de media (Figura 2) (Tabla 1).
Figura 2: Incidencia de la polio
en España desde 1949 a 1989.
Las ciudades más castigadas
fueron Madrid y Barcelona y, por zonas, el levante y el sur del país. Los
niños menores de 7 años fueron los más afectados, en un 95%, siendo el VP1
el responsable del 85% de los casos. Todas las cifras citadas corresponden
a casos de poliomielitis
paralítica. El total de personas infectadas en cada brote se
desconoce, ya que la mayoría de las infecciones cursan sin sintomatología
clínica. En resumen, el aumento de la incidencia de la poliomielitis se debió a varios factores: la mejora de las condiciones higiénico-sanitarias, el aumento de la población y la multiplicación de los viajes internacionales. Por otro lado, el mejor reconocimiento de la enfermedad y la alarma sanitaria que provocaron las epidemias contribuyó también a aumentar las cifras, ya que los casos se diagnosticaron y registraron en forma más eficaz. Puede decirse, sin duda, que en la década de 1950 la poliomielitis constituía la principal preocupación del mundo desarrollado en lo que concernía a las enfermedades infecciosas Tabla 1: Poliomielitis total nacional. 1940 a 1970. Casos y defunciones. * Tasa por 100.000 habitantes Tratamiento A la vuelta
de los años 1920 y 1930, los médicos trataban principalmente de prevenir o
de minimizar la parálisis, primero mediante la utilización precoz de
inmunoterapia con suero de convaleciente y luego, poco a poco, insistiendo
en una estricta inmovilización en el curso de la fase aguda de la
enfermedad y en las semanas siguientes. Este método alcanzó su punto
culminante a finales de los años 1930, con la utilización de tablillas
normalizadas y "armaduras" con las que se sujetaba a los niños, a menudo
varios meses seguidos, debiendo ser transportados tal cual por sus
padres. En los años 1930, la hermana
Elizabeth Kenny, una enfermera australiana, reaccionó contra la ortodoxia
de la inmovilización. Abogó por el tratamiento de los espasmos musculares
por medio del calor y de una fisioterapia pasiva, con el fin de reeducar
los músculos enfermos lo más pronto posible después de la fase aguda. En
1940-41, la hermana Kenny llevó su mensaje revolucionario a América del
Norte, recorriendo los Estados Unidos y Canadá para formar a otras
enfermeras en sus métodos. Hasta la
aparición de los pulmones de acero, al final de los años 1920, nada podía
impedir la muerte de pacientes con parálisis de los músculos de la
respiración y/o de la deglución, conocida bajo el nombre de "poliomielitis
bulbar”. En los años 1930, el pulmón de acero simbolizaba lo peor de la
poliomielitis y lo mejor que la tecnología médica podía ofrecer para
salvar vidas. Pero los pulmones de acero eran escasos y caros, y los
médicos se encontraban frente al doloroso dilema de tener que decidir a
quien le sería más útil. En fin, en los años 1940-50, algunos hospitales
pudieron disponer de pulmones de acero en gran cantidad, la mayoría para
adultos. Se dio el caso de mujeres embarazadas que daban a luz en el
interior de un pulmón de acero. En España,
aún en plena época epidémica, eran muy pocos los hospitales que disponían
de pulmones de acero. Ayuda
social a las víctimas de la poliomielitis La historia
de la poliomielitis puede separarse en dos períodos distintos: antes y
después de 1921. En Agosto de ese año, Franklin Delano Roosevelt, futuro
Presidente de los Estados Unidos (1933-1945), contrae la enfermedad en una
isla cercana a la frontera americano-canadiense. En el curso de sus
mandatos sucesivos, Roosevelt presidió la Fundación Nacional para la
Parálisis Infantil (National
Foundation of Infantile Parálisis, NFIP). Fundada en 1938, la NFIP
tuvo un gran éxito. No solo tenía como objetivo conseguir fondos para
financiar la investigación contra la poliomielitis por medio de su campaña
anual conocida como la "Marcha de los Dimes" (dime: moneda de 10 centavos
de dólar USA), sino que ayudaba igualmente a las familias más pobres para
hacer frente al costo de la enfermedad. Así, la NFIP pagaba directamente y
sin condiciones los gastos médicos de hospitalización y de rehabilitación
de muchos enfermos. En Canadá,
fueron los gobiernos provinciales los que se encargaron de sostener
financieramente a las familias de los enfermos, principalmente por medio
de hospitalizaciones y de políticas de seguimiento médico específico de la
poliomielitis. Además de los sueros de convaleciente, se entregaban
gratuitamente pulmones de acero, tablillas y aparatos ortopédicos. Al
final de los años 1940, cuando la epidemia empeora, el gobierno canadiense
creó servicios epidemiológicos, sostuvo las políticas provinciales de
hospitalización y financió la investigación con subvenciones federales.
Creada en 1948 como organización nacional, la Fundación Canadiense para la
Poliomielitis fue reestructurada en 1951 en grupos provinciales tales como
"El Ontario March of Dimes", que dispuso de un mandato ampliado que le
permitió, además, ayudar a todos los minusválidos físicos, cualquiera que
fuera la causa de su invalidez. En Europa,
la mayoría de las organizaciones aparecieron al término de la Segunda
Guerra Mundial, cuando la epidemia atacó más severamente al continente.
Sin embargo, Suecia creó en 1938 un fondo especial, con el nombre del rey
Gustavo V, que pronto se convirtió en la Asociación Sueca Nacional contra
la Poliomielitis. Otros países, como Australia, Gran Bretaña y África del
Sur, crearon también servicios de ayuda contra la poliomielitis.
En España
no hubo ninguna ayuda social a las victimas de la poliomielitis, ni
durante la etapa epidémica ni durante los años que siguieron. Los
pacientes afectados de secuelas postpoliomielíticas tuvieron que utilizar
sus propios medios económicos, e incluso buscar por sí mismos la
información necesaria para poder acceder a las medidas de rehabilitación y
para mejorar sus condiciones de vida con la adquisición de aparatos
ortopédicos o la realización de adaptaciones en su vivienda, así como
procurarse una formación profesional que les permitiera su integración en
la sociedad y su independencia económica. Prevención de la
poliomielitis. Las primeras estrategias
preventivas Hasta 1920, las autoridades
sanitarias consideraban que la poliomielitis, como las demás enfermedades
infecciosas hasta entonces conocidas, iba ligada a factores tales como la
falta de higiene, la deficiencia de las instalaciones sanitarias, la
pobreza o, incluso, a los insectos. Así, durante la epidemia de 1916, en
la ciudad de Nueva York, las autoridades organizaron concursos de captura
de moscas y declararon zonas de tránsito restringido ciertos lugares donde
habitaban determinados grupos de población, como medidas para controlar la
epidemia. Después de 1920, cuando se constató que la enfermedad afectaba
más a las clases socio-económicas no deprimidas, se dejó de marginar a
determinadas poblaciones o de realizar prácticas tan absurdas como la
captura de insectos y se optó por medidas nuevas de salud pública, como
fue la imposición estricta de cuarentena de enfermos. El primer método para prevenir
la enfermedad fue un aerosol nasal. Hasta finales de la década de 1930, se
pensaba que la polio se transmitía por vía respiratoria y que alcanzaba el
sistema nervioso a través de los nervios nasales. En base a ese modelo y
durante un tiempo, se utilizó un aerosol nasal diseñado para impedir que
el virus alcanzase los nervios nasales. Pero las fuertes epidemias de los
años 1930 demostraron su total ineficacia. Después de que en 1908 los
investigadores Landsteiner y Popper transmitiesen experimentalmente la
poliomielitis a monos, se observó que los supervivientes eran resistentes
a las inoculaciones posteriores. Este hallazgo sugirió el uso de suero de
personas que habían sobrevivido a la poliomielitis para tratar a las que
la padecían. Se utilizó el suero de niños convalecientes desde 1911 hasta
1940 para intentar prevenir o mitigar la enfermedad, aunque no tuvo éxito.
Lo mismo ocurrió, años más tarde, con los sueros preparados en caballos o
chimpancés. Sin embargo, la observación de
que pequeñas cantidades de virus podían ser neutralizadas por anticuerpos
específicos hizo que en 1951 un preparado similar al suero de
convaleciente, pero mucho más concentrado, llamado gamma-globulina, fuese
utilizado con cierto éxito como protector pasivo frente a la polio en
América del Norte, consiguiendo detener la infección en su fase más
temprana si se administraba antes de que apareciese el cuadro de
parálisis. Este preparado también permitió realizar estudios de
serotipificación. El Dr. Salk fue el pionero en la utilización de esta
tecnología para la caracterización de los VP, llegando a clasificar 196
cepas de tres tipos inmunológicos distintos: 161 cepas de tipo 1, 20 de
tipo 2 y 15 de tipo 3. Las primeras
vacunas. Las primeras vacunas se
desarrollaron en EEUU entre 1934 y 1935 por los Drs. Brodie y Kolmer. La
primera utilizaba virus inactivado y la otra virus atenuado. Se obtuvieron
inoculando monos o ratones, lo que les confería una cierta neurotoxicidad.
Su administración produjo resultados pobres y muchos efectos adversos,
provocando casos graves de alergias, parálisis y varias muertes. Esta mala
experiencia detuvo, temporalmente, la investigación de nuevas
vacunas. La vacuna
Salk. Después del descubrimiento de
la transmisión oral-fecal de virus, así como de su posibilidad de
crecimiento en cultivos de células no nerviosas, se potenció de nuevo la
investigación para el desarrollo de una vacuna eficaz y segura.
Entre 1948 y 1949, los Drs.
Enders, Séller y Robbins , del Hospital Infantil de Boston y la Facultad
de Medicina de Harvard, descubrieron un medio de cultivo de VP en tejido
no nervioso. Por ese trabajo recibirían más tarde el premio Nobel. El
hallazgo permitió resolver el problema de la neurotoxicidad de las vacunas
anteriores y posibilitó la producción masiva de vacuna al reducir
enormemente los costes de producción. En 1951, sobre la base de los
trabajos realizados por Salk con virus inactivado de la gripe y sus
estudios de tipificación de los VP, se desarrolló una vacuna de VP
inactivado capaz de inducir una respuesta inmune específica y protectora
contra la infección natural. La historia comenzó en 1947, cuando un
virólogo inglés con gran experiencia en el tema, el Dr. Rhodes, fue
contratado por los laboratorios Connaught de la Universidad de Toronto (en
la actualidad Aventis Pasteur Limited) para desarrollar una investigación
amplia sobre los VP de cara a conseguir una vacuna. En 1951, el equipo del
Dr. Rhodes consiguió cultivar los tres tipos de VP en diferentes tejidos,
pero con una producción muy escasa. Posteriormente, el Dr. Franklin,
miembro de su equipo, logró
multiplicar el virus con la ayuda de un medio de cultivo sintético,
llamado “Medio 199”, que Connaught había desarrollado en 1949 para el
cultivo de células tumorales. A finales de 1952, Salk
utilizó ese medio de cultivo y obtuvo su vacuna. La probó inyectándosela
él mismo, a su familia y, después, a los niños inválidos de una residencia
de Pittsburg. Los resultados fueron muy buenos y se publicaron en 1953.
Mientras tanto, en los laboratorios Connaught, el Dr. Farell inventó el “método
de Toronto”, que permite producir cantidades grandes de VP en cultivos
celulares. Finalmente, en 1953, la Fundación Nacional para la Parálisis
Infantil encargó a Connaught la cantidad de vacuna Salk necesaria para
realizar un estudio amplio de inmunización, que comenzó en la primavera de
1954. Los resultados del estudio fueron buenos y alentaron el uso masivo
de la vacuna durante 1955 en EEUU, Canadá y Finlandia, mientras que otros
países como Suecia, Dinamarca, Francia y África del Sur se preparaban para
producir la suya propia. Finalmente, el 12 de Abril de 1955 se hizo
público que la vacuna Salk funcionaba y era eficaz y segura para prevenir
la poliomielitis. Las autoridades sanitarias de EEUU permitieron la fabricación de la vacuna en varias empresas para conseguir el suministro necesario para las campañas masivas de vacunación que se iban a realizar. Esta vacuna sería administrada de forma gratuita a todos los niños de 5 a 8 años en todos los EEUU.
El “Incidente Cutter” La gran cantidad de lotes de
vacuna producidos por los laboratorios involucrados y la premura en su
utilización, cuyo objetivo fue, no hay que olvidarlo, solventar una
situación epidémica muy grave, impidió a los organismos de control
sanitario realizar los análisis de liberación de todos los lotes
fabricados antes de su uso. El 25 de Abril de 1955, en plena campaña de
vacunación, se produjeron 205 casos de poliomielitis relacionados con la
vacunación, 75 en niños vacunados y el resto en niños no vacunados que
habían estado en contacto con los anteriores. La mayoría sufrió parálisis
y 11 niños murieron. En todos los casos, la vacuna utilizada había sido
fabricada en California por los Laboratorios Cutter. Inmediatamente, el
gobierno federal retiró todos los lotes fabricados por Cutter y se interrumpió la
vacunación en todo el país. Los estudios realizados demostraron que había
habido una inactivación insuficiente del virus vacunal, y que el problema
sólo afectaba a algunos lotes de vacuna producidos por los Laboratorios
Cutter. Este suceso, conocido como
“Incidente Cutter”, repercutió en las campañas de vacunación de otros
países, que suspendieron también la vacunación. Sin embargo, el Ministro
de Salud de Canadá, afectado de poliomielitis, mantuvo la vacunación en su
país, confiando en las medidas estrictas de seguridad que su gobierno
estableció para todas las vacunas utilizadas y por el hecho de no haberse
producido allí ningún caso de poliomielitis asociado a vacunación.
En Junio de 1955 se reanudaron
las vacunaciones en EEUU con muchas medidas de seguridad, pese a la
desconfianza de algunos sectores de la población, y en 1957 su uso era
masivo y motivó un descenso muy importante de los casos de poliomielitis
(Tabla 2). La administración continuada de la vacuna Salk, desde 1955, fue
un completo éxito en Canadá, en Dinamarca y, posteriormente, en Suecia y
Finlandia, donde se consiguió un descenso muy rápido en la incidencia de
la poliomielitis y, muy pronto, la total erradicación de la enfermedad. En
Canadá, entre 1958 y 1960, hubo una nueva epidemia de polio que afectó
mayoritariamente a adultos no vacunados, lo que motivó la ampliación de
las campañas de vacunación a otros grupos de edad. En 1956, para aumentar
la cobertura vacunal, los laboratorios Connaught asociaronn la vacuna Salk
a la DTP (vacuna antidiftérica, antitetánica y antitosferínica). La vacuna
Salk de Connaught fue exportada en 1957 a Checoslovaquia, a Gran Bretaña y
a otros 44 países que carecían de producción propia o la realizaban en
cantidad insuficiente.
Francia, Gran Bretaña, Suecia, la República Federal Alemana, Sudáfrica y
la Unión Soviética fueron los primeros países en fabricar su propia vacuna
inactivada. En 1958 y 1959, la vacuna DTP-Polio fue la base de los
programas de vacunación en Canadá y en otros países (Tabla
2). En España, la vacuna Salk
estuvo disponible desde 1955 y se utilizó sólo de forma muy limitada en el
ámbito de la medicina privada, pero nunca en campañas de vacunación
propiciadas por la Autoridad Sanitaria pese a la importante epidemia que
sufría el país desde finales de los años 40 (ver Figura 2 y Tabla 1 y
2). TABLA 2:
Poliomielitis. Totales nacionales e internacionales desde 1940-1970. Tasas
por 100.000 habitantes en 30 países.
Tabla 2 (continuación) Tabla 2
(continuación)
La vacuna
Sabín En 1950, los investigadores
Sabin, Cox y Koprowski cultivaron distintas cepas de VP con el fin de
conseguir unos virus atenuados que pudieran servir como vacuna. En 1953,
Sabin consiguió las primeras cepas atenuadas útiles y en 1955 las
administró a 80 voluntarios. Cox y Koprowski también probaron sus
hallazgos en voluntarios de diferentes países. Entre 1954 y 1959 se
administraron vacunas atenuadas a unas 350.000 personas de Singapur
(200.000), Checoslovaquia (143.000), la URSS (30.000), los EE.UUU, Holanda
y Méjico. En 1959, la OMS asumió la coordinación de los estudios y la URSS
utilizó la vacuna Sabin para vacunar a más de 15 millones de personas,
ofreciéndola después fuera de su territorio. En 1960 se completó la
vacunación de 75 millones de personas con vacuna Sabin en la URSS (36,7%
del total de la población), reduciéndose la incidencia de la enfermedad de
10,6 casos por 100.000 habitantes a 0,43/100.000 entre 1958 y 1963. Hasta ese último año, cerca
de siete millones de personas habían recibido la vacuna de Koprowski en
África, en Polonia y en los EEUU, mientras que en América Latina, en
Europa y en los EEUU, otros dos millones más habían recibido la vacuna de
Cox. En Junio de 1960, el Comité de Expertos en Poliomielitis de la OMS
emitió un informe en el que se recomendaba abiertamente el uso masivo de
las vacunas atenuadas en los países que sufrían epidemias de poliomielitis
y en los que la identificación de los grupos particularmente vulnerables
no plantease ningún problema. La vacuna atenuada basada en
las cepas de VP producidas por Sabin se impuso, finalmente, en todo el
mundo. Esta una vacuna presentaba dos ventajas claras sobre la vacuna Salk
de virus inactivado: 1.
Los virus
vacunales se comportan, en algunos aspectos, como los virus salvajes. Se
multiplican en el aparato digestivo e inducen una sólida inmunidad local
en él. Además, se excretan en las heces de las personas recién vacunadas y
se propagan de forma natural, diseminándose en la comunidad y remplazando,
poco a poco, a las cepas salvajes. De esta forma, los individuos no
vacunados se pueden infectar de forma natural por los virus vacunales y
resultar inmunizados, quedando eficazmente protegidos frente a la
infección. Este fenómeno, llamado
“efecto de rebaño”, ha
sido determinante para conseguir la erradicación de la polio en muchos
lugares del mundo. 2.
La vía de
administración es oral, siendo suficiente una dosis única para desarrollar
inmunidad y protección permanente. Esto supuso una ventaja importante
frente a la vacuna inyectable Salk, ya que su administración resultaba más
sencilla y menos costosa, facilitando las campañas masivas de
vacunación. Como efecto indeseable, la
vacuna Sabin produce algunos casos de poliomielitis paralítica,
aproximadamente un caso por cada millón de niños vacunados. Estos casos
secundarios a vacunación no responden a defectos en la producción de la
vacuna ni a una falta de estabilidad genética en las cepas de VP
vacunales, sino, más bien, a una cierta neurovirulencia residual en las
mismas que sólo llega a manifestarse, de forma muy esporádica, en
individuos especialmente susceptibles, sin que tal susceptibilidad pueda
reconocerse a priori. Todo esto hace que esos raros casos de
poliomielitis post-vacunal sean completamente imposibles de prevenir. Con
todo, las ventajas mencionadas antes justifican sobradamente la
recomendación realizada por la OMS en su día y el hecho de que la vacuna
Sabin haya sido la más utilizada para luchar contra la poliomielitis, ya
que la erradicación de la enfermedad no hubiese sido posible en la mayoría
de las regiones del planeta sin su uso. Bastan unos sencillos cálculos
para estimar que por cada caso de poliomielitis post-vacunal que se haya
producido a lo largo de la historia de esta vacuna, se habrán logrado
prevenir entre 20 y 200 casos, lo que hubiera sido totalmente imposible,
salvo en regiones muy concretas, utilizando vacunas inactivadas, como es
la vacuna Salk. Puede afirmarse, sin lugar a dudas, que el objetivo de la
erradicación total de la poliomielitis, cada vez más cercano, sólo habrá
estado realmente a nuestro alcance gracias al esfuerzo que realizaron en
su día los grupos de investigadores que, finalmente, pusieron en nuestras
manos las cepas vacunales de VP atenuados, por lo que sus nombres habrán
de permanecer, para siempre y con toda justicia, en los anales de nuestra
Sociedad. Vacunación antipoliomielítica
en España En España, las autoridades
sanitarias no utilizaron ninguna de estas vacunas hasta 1963, pese al
mantenimiento de la grave situación epidémica existente (Tablas 1 y 2)
(Figura 2), con una tasa anual de poliomielitis que superó los 2.000 casos
entre los años 1959 y 1960 y siendo los niños menores de siete años los
más afectados (90%). La primera campaña de vacunación se realizó con la
vacuna Sabin y se inició en noviembre de 1963. La decisión la tomó el Dr.
D. Jesús García Orcoyen, Director General de Sanidad, a propuesta de D.
José Manuel Romay Becaría, Secretario General de Sanidad, quien fue
aconsejado y, finalmente, convencido por el Dr. D. Florencio Pérez
Gallardo, de la Escuela Nacional de Sanidad, para apoyar tal iniciativa.
Se realizó una primera campaña piloto en las provincias de León y Lugo,
extendiéndose luego a todo el país. La cobertura de vacunación superó el
90% y se realizó en un tiempo récord, en apenas unos pocos meses. Los
resultados fueron excelentes, reduciéndose drásticamente el número de
casos de poliomielitis. Así, en 1963 se registraron 1.959 casos, que
descendieron a 193 en 1964 y a 70 en 1965 (ver Figura 2 y Tablas 1 y 2).
La reducción en la incidencia de la enfermedad fue del 90% tras sólo un
año de campaña. A tenor de la tendencia epidémica de los años anteriores,
la vacunación libró de la enfermedad a más de 4.000 niños en tan sólo dos
años.
Tabla
3. Casos de poliomielitis en España desde 1955 hasta
1963. Datos tomados de E. Nájera y col. Revista de Sanidad e Higiene Pública, 1975.
Cabe objetar, sin embargo, que
la decisión de combatir la epidemia de poliomielitis mediante campañas de
vacunación promovidas y financiadas por los poderes públicos se tomó de
forma muy tardía en nuestro país. Si, al igual que en otros países de
nuestro entorno geográfico y cultural (Tabla 2), las autoridades españolas
hubiesen utilizado activamente la vacuna Salk desde el año 1956, se
hubieran evitado más de 12.000 casos de poliomielitis paralítica y más de
1.600 muertes por esta causa. Estas cifras están calculadas sobre la base
de los casos declarados desde 1956 hasta 1963 (Tabla 3) y de una eficacia
vacunal del 90%. Puede argumentarse que las condiciones económicas que
concurrían en España por aquellos años, unidas a las dudas que surgieron
en torno a la seguridad de la vacuna tras el “incidente Cutter”,
justificarían ese retraso. Sin embargo, sólo un año después, en 1957, la
eficacia y seguridad de la vacuna Salk quedaron sobradamente probadas y,
considerando la grave situación epidémica que vivía el país, con miles de
niños afectados y centenares de muertos, resulta difícil aceptar las
motivaciones económicas que hubiera podido aducir una administración
pública que, por poner un ejemplo, se hallaba entonces cercana a concluir
la construcción de la basílica del Valle de los Caídos, que fue inaugurada
el uno de abril de 1959. Una campaña de vacunación iniciada en 1957 habría
evitado más de 10.000 casos de poliomielitis paralítica y más de 1.300
muertos (Tabla 4). Tabla 4. Casos de poliomielitis en España desde 1958 hasta 1963. Datos tomados de E. Nájera y col. Revista de Sanidad e Higiene Pública, 1975. Por lo
demás, en 1961 la vacuna Sabin se había administrado ya con total éxito a
más de 80 millones de personas en todo el mundo, y a mediados del año
anterior la OMS había recomendado claramente su uso masivo en los países
que sufrían una situación de epidemia. Aún cuando pueda ser cierto que la
producción de la vacuna no satisfacía todavía las necesidades existentes a
escala mundial, y que la situación política de España no favorecía que las
demandas de su gobierno fuesen a ser atendidas con especial prioridad, lo
cierto es que no consta que tales demandas se realizasen en aquel momento,
y que, una vez más, esa nueva vacuna tardó casi dos años en llegar a la
población española. En la Tabla
5 podemos observar la reducción de la enfermedad que, hasta 1961,
produjeron las políticas de vacunación antipoliomielítica en algunos
países del mundo, tanto del bloque occidental como de la esfera de
influencia de la URSS. La eficacia vacunal osciló entre un 75 y un 100%,
dependiendo de la vacuna utilizada y de la extensión de la campaña, es
decir, de la cantidad de población vacunada en cada país. En España, la
tasa de incidencia de la poliomielitis paralítica correspondiente al año
1961 fue de 5,84 casos por 100.000 habitantes. En ese año se produjeron
1.778 casos y 218 muertos. Tabla 5.
Situación
de la poliomielitis en el año 1961 en algunos países con vacunación
específica establecida. Si bien es cierto que los
estudios coste-beneficio en la actuación sanitaria no recibían entonces
tanta consideración pública como hoy, merece la pena citar algunas cifras
que hablan por sí solas acerca de la extraordinaria rentabilidad económica
de la vacunación antipoliomielítica. En los EEUU, entre 1955 y 1961, se
calcula que las campañas de vacunación contra la poliomielitis ahorraron a
la sociedad norteamericana unos 327 millones de dólares en gastos médicos,
más otros 6,4 millones en costos indirectos. Estas cifras multiplicaron,
aproximadamente, por 70 el coste total del desarrollo de las vacunas Salk
y Sabín juntas (alrededor de 5,6 millones de dólares), y cuadruplicaron el
coste de las campañas de vacunación realizadas durante esos siete años. En
España, la campaña piloto realizada en 1963 costó 40 millones de pesetas
(alrededor de 240.000 euros actuales, unos 600.000 dólares de la época) y
ahorró algo más de 200 millones en gastos médicos
directos. La
erradicación de la
poliomielitis Disponer de dos vacunas
eficaces contra la poliomielitis permitió realizar una lucha preventiva
contra esta enfermedad hasta conseguir su erradicación en diferentes
lugares del mundo. Muchos pensaban que ambas vacunas podían ser utilizadas
de forma simultánea, aprovechando su potencial inmunógeno y disminuyendo
los riesgos. Otros optaban por una u otra vacuna en base a diversas
razones, bien científicas, políticas o económicas. A mediados de 1960, la vacuna
Sabin había desplazado casi totalmente a la Salk en los EEUU, y en la
década de los 70 se utilizaba en la mayoría de los países del mundo. En
Canadá, todas las vacunas contra la polio, bien la inactivada sola o
asociada a DTP, se distribuyeron gratuitamente desde 1955 en una acción
concertada por todo el país. Pero a partir de 1962, algunas provincias
utilizaron exclusivamente la vacuna Salk (Ontario y Nueva Escocia) y otras
cambiaron a la Sabin o alternaron ambas. Entre 1994 y 1997, la vacuna
inactivada de polio combinada con DTP sustituyó a la Sabin en todo el
país. Dinamarca, Suecia, Islandia, Finlandia y los Países Bajos siempre
han utilizado la vacuna Salk, por considerarla más segura. Sin embargo,
esta decisión determinó la necesidad de alcanzar y mantener una cobertura
de vacunación que llegara a la práctica totalidad de la población, lo que
era menos sencillo en ese último país que en los del ámbito escandinavo.
Quizá por ello, las autoridades holandesas hubieron de enfrentarse, en
1992, a un brote epidémico serio de poliomielitis que sucedió en una
comunidad de Amish, un grupo social cuyas creencias religiosas obliga a
sus miembros a rechazar cualquier vacunación, ya que la vacuna Salk no
produce el fenómeno “de rebaño” explicado más arriba. En el resto del
mundo, la vacuna oral Sabin ha sido de uso general hasta fechas recientes.
La OMS continúa basando su Programa Mundial de Erradicación de la
Poliomielitis en la utilización generalizada de la vacuna Sabin en niños.
La utilización de la vacuna inactivada se aconseja en niños con problemas
de inmunidad y en adultos en general. A finales de los años 70 y en
la década de los 80, se aumentaron las coberturas de vacunación en todo el
mundo, incidiendo especialmente en los países en vías de desarrollo.
Aparecieron algunos brotes puntuales entre ciertas poblaciones que no
aceptaban ser vacunadas, como el ya mencionado de Holanda y otros que
afectaron también a comunidades de Amish en el Medio Oeste de los EE.UU..
En 1985, la Organización Panamericana de la Salud (OPS) tomó como objetivo
erradicar la polio de las Américas, lo que se logró en 1994, siendo el
primer continente que erradicó totalmente la enfermedad. En 1988, la
Asamblea Mundial de la Salud decidió hacer lo necesario para tratar de
lograr la erradicación en todo el mundo para el año 2000. Recibió apoyo
económico de la OMS, el CDC, UNICEF y el FRI, así como importantes
donaciones de vacuna atenuada de algunos laboratorios productores. En la
actualidad, la poliomielitis es una enfermedad erradicada en las Américas,
Europa y Australia, pero aún se producen casos en ciertas zonas de África
y Asia. En España, como se ha dicho
más arriba, las campañas de vacunación con la vacuna Sabín se iniciaron en
el mes de noviembre de 1963 y tuvieron un efecto drástico e inmediato
sobre la incidencia de la enfermedad (Tablas 1 y 2 y Figura 2). Después de
un rebrote leve, motivado por un descenso en la cobertura de vacunación,
la poliomielitis desaparece, virtualmente, de España a partir de 1976. Los
últimos casos se registraron en 1988, en niños de etnia gitana no
vacunados. En el año 2002 y tras documentar exhaustivamente la ausencia de
circulación de cepas salvajes de VP en nuestro país, la OMS emitió un
certificado de eliminación de la enfermedad a favor de España, con lo que
la poliomielitis paralítica quedó oficialmente
erradicada. La obtención del certificado
de eliminación de la poliomielitis por parte de un país miembro de la OMS
exige mantener una vigilancia eficaz que demuestre la ausencia total de
casos de poliomielitis paralítica durante un cierto número de años,
aceptándose sólo los que, documentadamente, se deban al virus vacunal.
Además, y una vez alcanzada esa meta, el país debe iniciar un programa de
vigilancia activa, mucho más complejo, destinado a demostrar que los VP
salvajes no circulan ya entre su población ni se encuentran en su medio
ambiente. Cuando se ha alcanzado esta segunda meta y se ha obtenido el
certificado, el riesgo teórico de sufrir una infección por un VP salvaje
es nulo, y los casos asociados a la vacuna viva comienzan a ser casos que,
ahora sí, pueden evitarse sin asumir otros riesgos mediante cambios en la
política de vacunación. En los últimos años, estos cambios
epidemiológicos, sucedidos merced al uso de la vacuna Sabin durante los
últimos 35 años, han hecho que algunos países, entre ellos España, hayan
cambiado su política en el sentido de sustituir la vacuna atenuada por la
inactivada en sus esquemas de vacunación. No obstante, esta decisión hace
especialmente importante mantener una vigilancia muy estrecha sobre la
importación de cepas salvajes de VP desde las regiones del planeta en los
que aún circulan, al objeto de yugular rápidamente su transmisión y evitar
que lleguen hasta las bolsas de población susceptible que, con mucha
probabilidad, aparecerán una vez que el “efecto de rebaño” de la vacuna
Sabin se haya perdido. En un mundo en el que los viajes internacionales y
las migraciones masivas de poblaciones son hechos cotidianos, y en tanto
que la erradicación global de la poliomielitis no sea un objetivo
cumplido, esas actividades de vigilancia serán las que caracterizarán esta
nueva era en la que la poliomielitis parece ya una enfermedad del pasado,
una enfermedad olvidada para casi todos, aunque no así, por desgracia,
para muchos de los que logramos sobrevivir a su
ataque. EL
Síndrome post-polio Historia y
epidemiología El síndrome
post-polio (SPP) fue descrito por primera vez en 1875 por Jean Martin
Charcot, en un hombre con parálisis que había padecido poliomielitis en su
infancia, aunque su hallazgo quedó relegado en el olvido. A finales de los
setenta comenzaron a aparecer informes referentes a personas que, tras
haberse recuperado de la poliomielitis paralítica contraída muchos años
antes, comenzaban a padecer un cansancio excesivo, dolor en músculos y
articulaciones y una nueva pérdida de fuerza muscular. La reacción inicial
de muchos médicos fue negar la realidad de esos problemas, ya que no había
bibliografía sobre cambios neurológicos tardíos en individuos que habían
sobrevivido a la poliomielitis que apoyaran esas observaciones. Sin
embargo, al pasar el tiempo, el creciente número creciente de personas
afectadas logró atraer la atención del sector sanitario hacia el SPP.
A comienzos
de los años ochenta se utilizaba ya la expresión 'síndrome post-polio',
definido ahora como una afección neurológica que produce un conjunto de
síntomas en individuos que muchos años antes se habían recuperado de una
poliomielitis paralítica. El
presidente norteamericano Franklin Delano Roosevelt quedó paralítico en
1921, a los 39 años de edad, como consecuencia de una poliomielitis.
Apreció que la natación en aguas cálidas fortalecía su musculatura, y en
1926 compró un hotel balneario en el sur de Georgia, convirtiéndolo en una
fundación sin ánimo de lucro para la rehabilitación de la poliomielitis.
Fue el comienzo del Instituto Warm Springs de Rehabilitación. En dicho instituto se celebró la
primera reunión internacional sobre el SPP en 1984, y también la segunda
en 1986. En los años posteriores, la investigación básica y clínica sobre
los efectos tardíos de la poliomielitis tuvo un fuerte auge.
En 1994, la
Academia de Ciencias de Nueva York y el Instituto Nacional de Sanidad
organizaron otra reunión internacional y publicaron un número especial de
Annals of the New York Academy of Sciences con el título “El síndrome post-poliomielítico:
avances relacionados con la patogénesis y el tratamiento”. Esa reunión
declaró el SPP como entidad clínica genuina. Se estima
que el SPP no ocurre en todas
las personas que fueron afectadas por la poliomielitis, sino en un 25-85%
de ellas, siendo más frecuente en las mujeres y existiendo una relación
directa entre el riesgo de padecer este síndrome y el grado de severidad
de las secuelas. El Centro Nacional de Estadística sobre la Salud de los
EE.UU. calculó, sobre la base a los datos de una encuesta que realizó en
1987, que había más de 640.000 supervivientes de la poliomielitis en ese
país, un número superior al de personas con esclerosis múltiple,
esclerosis lateral amiatrófica o lesiones de médula espinal. Se desconoce
cuántas personas padecen el SPP, pero calculando una incidencia media del
40%, la cifra rondaría las 250.000. En el año
2002, el Instituto de Salud Carlos III del Ministerio de Sanidad de
España elaboró un informe
sobre el SPP, su situación en España y las posibles líneas de actuación a
seguir. Partiendo de los datos del IMSERSO sobre personas con minusvalía
por secuelas postpoliomielíticas, y calculando que una incidencia del 25
al 85%, el informe estimó una población de afectados por el SPP entre
10.662 y 36.253 personas. Este sería, en todo caso, un intervalo de
mínimos, ya que no todas las personas en riesgo se hallan incluidas en los
registros del IMSERSO. Curso de la
enfermedad El
SPP es una enfermedad neurológica rara, incluida dentro del grupo de las
enfermedades de la motoneurona secundarias a una infección, que aparece
exclusivamente en pacientes que sufrieron una poliomielitis entre 30 y 40
años antes de su inicio. Sus síntomas típicos incluyen fatiga, debilidad
muscular progresiva con pérdida de función y dolor. Con mayor o menor
frecuencia, aparecen otros síntomas y signos, como atrofia de las
extremidades, de la musculatura de inervación bulbar y de los músculos
respiratorios; fatigabilidad muscular y disminución de la resistencia al
esfuerzo; dolores articulares y musculares (artromialgias) y debilitación
del estado general (astenia). También puede aparecer dificultad para
tragar, problemas respiratorios, alteraciones del habla y síntomas de tipo
psicológico, como ansiedad, depresión, insomnio y alteraciones en la
capacidad de concentración y en la memoria. En función de la sintomatología y de su grado, el SPP puede llegar a afectar la capacidad del paciente para realizar las actividades cotidianas y las relativas a su trabajo, provocando, incluso, la incapacidad laboral y haciendo necesaria la asistencia de terceras personas para el desarrollo normal de la vida diaria. Generalmente, el SPP no entraña riesgo para la vida, salvo en aquellos pacientes que lleguen a experimentar un deterioro agudo de la función respiratoria. Fisiopatogenia del SPP Una
característica distintiva de los VP es su predilección por las neuronas
que controlan los músculos. Las neuronas motoras están constituidas por un
soma celular que se aloja en el asta anterior de la médula y un eje
alargado, o axón, que se extiende hasta los músculos. Cerca del extremo de
cada axón emergen ramificaciones o brotes, llamadas dendritas, que se
dirigen hacia las diferentes células musculares. En la interfaz
neuromuscular, o sinapsis, las terminaciones del axón liberan
acetilcolina, un neurotransmisor que provoca la contracción de las fibras
musculares. Se llama unidad motora al conjunto de una neurona motora y el
grupo de células musculares que activa. El VP
invade las neuronas motoras sin dañar las neuronas adyacentes que
controlan las funciones de la sensibilidad, intestinos, vejiga y aparato
genital. Hasta que, hace pocos años, se identificó la presencia de
receptores en la interfaz neuromuscular, se desconocía la razón de
semejante conducta. Estos receptores permiten la entrada de los VP en el
axón, para que luego se desplacen hasta el soma neuronal en el asta
anterior de la médula. Durante la poliomielitis aguda, los VP infectan más
del 95 por ciento de las neuronas motoras de la médula y muchas otras
células del cerebro. Muchas neuronas infectadas mueren, pero otras
consiguen sobrevivir a la infección. Así, los axones de las neuronas
motoras que sobreviven desarrollan nuevas prolongaciones hacia las fibras
musculares en respuesta a un estímulo desconocido, de forma que las nuevas
dendritas reinervan las fibras musculares que habían quedado desasistidas
por la muerte de las neuronas motoras infectadas, en un intento del
organismo por mantener vivas y activas el mayor número posible de las que
quedaron sin inervación. Se estima que una neurona motora que, en un
principio, inervaba 1000 células musculares, puede acabar dando asistencia
a entre 5.000-10.000 células, creando una unidad motora gigante. Así, con
unas pocas de esas “superneuronas” motoras se realiza el trabajo de
muchas. Otra estrategia que sigue el organismo para paliar la afectación
causada por los VP consiste en aumentar el tamaño de las células
musculares, lo que se favorece con el ejercicio físico. Ambas adaptaciones
(aumento del tamaño de las células musculares y aparición de dendritas
nuevas) son tan eficaces que se puede perder hasta un 50% de las neuronas
motoras sin que se aprecie una merma aparente en la función muscular.
Pero estas
adaptaciones no son estáticas ni permanentes. Después de la recuperación
de la poliomielitis aguda se asiste a un proceso de remodelación de las
unidades motoras, con degeneración de los extremos de los axones (pérdida
de viejas dendritas) y reinervación contemporánea (aparición de nuevas
dendritas). Ese proceso hace que las unidades motoras mantengan la función
muscular en un estado de equilibrio dinámico. Cuando se altera ese
equilibrio, reaparece la debilidad y, ocasionalmente, la
parálisis. A comienzos de los años
ochenta, algunos investigadores propusieron que el SPP involucraba una
degeneración lenta de las dendritas que inervan las fibras musculares. Las
pruebas diagnósticas indicaban que el funcionamiento de las neuronas
motoras empeoraba progresivamente con el paso de los años en las personas
que habían sobrevivido a la poliomielitis. En los últimos años, otros
investigadores han propuesto, después de examinar los resultados de las
biopsias musculares y de los estudios electromiográficos (EMG), la
existencia de dos tipos de desintegración de las neuronas motoras: una
progresiva y otra fluctuante. La lesión progresiva ocurriría cuando se
suspende la regeneración normal de las dendritas, lo que produciría una
debilidad muscular progresiva e irreversible. La lesión fluctuante podría
estar ocasionada por una síntesis o liberación defectuosa de la
acetilcolina en las sinapsis. Algunos autores han demostrado que el estado
de debilidad muscular y de cansancio mejora en algunos pacientes con la
administración de fármacos que potencian la eficacia de la
acetilcolina. Algunos autores señalan
también la importancia del proceso normal de envejecimiento que, por sí
solo, causa una disminución del número de neuronas con la consiguiente
debilidad muscular. Pero esta pérdida no sucede antes de los 60 años.
Puesto que los pacientes que sobreviven a la polio tienen un número
bastante reducido de neuronas motoras, bastaría la pérdida de unas cuantas
unidades motoras operativas para provocar una merma desproporcionada de
función muscular. Con todo, el agotamiento de las neuronas motoras
derivado de la edad quizá no constituya un factor determinante en el SPP,
ya que no se ha podido demostrar una correlación positiva entre el
comienzo de una nueva pérdida de fuerza muscular y la edad cronológica.
Por el contrario, la longitud del intervalo entre el comienzo de la
poliomielitis y el inicio de los nuevos síntomas sí parece una variable
determinante. El sistema inmunológico y el
SPP Aunque la degeneración de las
dendritas puede explicar la aparición de la nueva debilidad muscular y del
cansancio, la causa principal de la degeneración sigue siendo desconocida.
Cuando se trata de explicar en detalle en qué consiste ese fenómeno, tan
solo encontramos, sin embargo, una vaga referencia a un supuesto “estrés
fisiológico de la neurona motora” que nadie es capaz de concretarnos más.
En buena medida, es esta vaguedad en la descripción del mecanismo de
denervación de las fibras musculares la responsable de que el SPP continúe
siendo, más de veinte años después de su descripción, una entidad clínica
polémica. Pero además, el SPP es algo
mucho más complejo que un mero trastorno motor. Otros síntomas clínicos
como la fatiga generalizada, el dolor, el insomnio, las dificultades para
la concentración en la actividad intelectual o la depresión, están
presentes en muchos pacientes con SPP y llegan a ser tan importantes para
ellos como la pérdida de potencia muscular, sin que ninguno pueda
explicarse mediante la hipótesis anterior. Estamos, pues, ante un modelo
fisiopatogénico que no define completamente todos sus elementos y que,
además, no da explicación para todas las observaciones, por lo que dista
mucho de ser un modelo completo. Desde hace algún tiempo, se
especula sobre un posible origen autoinmune para el SPP, por las
semejanzas clínicas encontradas con otras enfermedades neurológicas que,
como la esclerosis múltiple (EM) o la esclerosis lateral amiotrófica
(ELA), son, muy probablemente, enfermedades autoinmunes que afectan al
sistema nervioso. Así, se ha aplicado a algunos pacientes tratamientos
experimentales con compuestos capaces de incidir sobre la regulación del
sistema inmunológico, como son la prednisona o el interferón alfa. Aún
cuando pudo apreciarse algún efecto positivo en dichos tratamientos, nadie
aportó datos que explicasen, o al menos sugiriesen, porqué la
administración de esos compuestos inmunomoduladores inducía cierta mejoría
en los síntomas. Pero en los últimos tres años, un grupo de investigadores
del Instituto Carolino de Estocolmo ha aportado datos objetivos que
indican que podría existir, en efecto, un componente de autoinmunidad en
la fisiopatogenia del SPP. Estos datos consisten en el hallazgo de células
del sistema inmunológico, residentes en el interior de ese compartimento
estanco de nuestro organismo que es el sistema nervioso, que producen y
liberan determinadas citocinas involucradas en la respuesta inflamatoria,
principalmente las conocidas como interleucina 4 (IL-4) y factor alfa de
necrosis tumoral (TNF-alfa). El hallazgo se produjo al estudiar células
presentes en el líquido cefalorraquídeo (LCR) extraído de pacientes con
SPP, y estuvo ausente en las muestras de LCR tomadas de otros pacientes a
los que se les extrajo la misma muestra por motivos ajenos a cualquiera
que tuviese que ver con problemas inflamatorios. Además, se observaron los
mismos hallazgos en pacientes aquejados de EM que se incluyeron como
“controles positivos”, lo que validó la metodología utilizada para obtener
los resultados. Es interesante resaltar que, a diferencia de lo que
sucedió en los pacientes con EM, la presencia de células liberadoras de
IL-4 y TNF-alfa en los aquejados de SSP sólo se observó en el LCR, no así
en la sangre. Esto quiere decir que la liberación de citocinas mediadoras
de la inflamación en los pacientes con SPP sólo sucede en el ámbito
cerrado del sistema nervioso, en tanto que en la EM se trata, como se
conoce bien, de un fenómeno más amplio. En otras palabras, a diferencia de
lo que sucede en la EM, el posible fenómeno de autoinmunidad asociado al
SPP sería un fenómeno local, restringido al sistema nervioso y ausente en
otros compartimentos del organismo. En un trabajo posterior, estos
hallazgos se confirmaron plenamente en otros pacientes con SPP,
ampliándose el número de citocinas mediadoras de la inflamación
detectadas. El hecho de que exista una
producción permanente de citocinas mediadoras de la inflamación en el
interior del sistema nervioso es, necesariamente, reflejo de algún grado
de activación permanente de la respuesta inmunológica en algún lugar del
mismo, lo que es característico de los trastornos relacionados con la
autoinmunidad. Si los objetivos de las células que esas citocinas
estimulen estuviesen presentes en las dendritas de las neuronas motoras
supervivientes, habríamos encontrado un mecanismo para explicar mejor el
fenómeno de la denervación de las fibras musculares, lo que vendría a
respaldar el modelo fisiopatogénico propuesto para la pérdida progresiva
de potencia muscular en el SPP. Pero, además, sabemos que algunas de las
citocinas detectadas, como es el caso del TNF-alfa, juegan también algún
papel en cuestiones como la regulación del sueño y otras funciones del
sistema nervioso que nada tienen que ver con la función motora, y por eso
la hipótesis autoinmune en el SPP resulta especialmente atractiva. Sin
embargo, aún no existe ninguna información que revele detalles sobre los
efectos reales que esas citocinas puedan ejercer en los pacientes
aquejados de SPP, por lo que habrá que aguardar a conocer lo que las
investigaciones que se realicen en el futuro puedan
enseñarnos. Las infecciones son, con
frecuencia, los factores desencadenantes de la autoinmunidad. El virus del
sarampión, el de la rubéola y los alfa-herpesvirus (virus del herpes
simple y virus de la varicela) se han relacionado consistentemente con la
EM. El virus de la parotiditis y ciertos enterovirus (grupo al que
pertenecen los virus de la poliomielitis) podrían estar involucrados en la
diabetes mellitus, una enfermedad que responde a la destrucción de
las células pancreáticas productoras de insulina por causa del sistema
inmunológico. En todos estos casos, los virus correspondientes disparan el
proceso durante la infección aguda, y este continúa después sin necesidad
de que el agente infeccioso esté ya presente. En el caso del SPP, cabe la
posibilidad de que el poliovirus que produjo la parálisis persista en el
sistema nervioso durante años, si bien en un estado en el que sus acciones
son muy limitadas, pero todo indica que esa persistencia no debe ser
frecuente y que los fenómenos de autoinmunidad no dependerían de
ella. Diagnóstico Tratamiento y
prevención No existe tratamiento curativo
para el SPP. Ciertos medicamentos parecen poder revertir la debilidad y la
fatiga muscular en algunos pacientes, pero su eficacia no ha podido ser
suficientemente demostrada. Un programa especial de ejercicios puede
contribuir a aumentar la fuerza y mejorar el funcionamiento de los
músculos, pero un ejercicio excesivo puede ser, también, muy
contraproducente. No hay, en general, acuerdo sobre el papel que pueda
tener la fisioterapia rehabilitadora en el tratamiento del SPP. Como
alternativa a los tratamientos convencionales, el uso de imanes puede ser
eficaz para el tratamiento del dolor que se asocia con frecuencia al SPP. Además, el tratamiento de
otras enfermedades asociadas, como es la artritis, puede ayudar a reducir
ciertos síntomas. Por el momento, no se han
encontrado medidas específicas de prevención y se está experimentando con
distintos fármacos neurotransmisores e inmunomoduladores. Se recomienda
que los pacientes que hayan padecido poliomielitis paralítica en el pasado
lleven un régimen de vida especial, practicando ejercicio moderado y
siguiendo una dieta equilibrada, y que se sometan a controles médicos
periódicos, aún cuando no presenten síntomas. ALGUNAS
OBSERVACIONES COMPLEMENTARIAS · Quienes han
sobrevivido a la poliomielitis saben de sacrificios y también de triunfos.
El comienzo repentino de la parálisis, la recuperación como resultado de
una gran fuerza de voluntad y, por último, el intento de llevar una vida
activa y productiva con el convencimiento de que la enfermedad quedó
atrás. ·
Los
individuos que se han recuperado de una poliomielitis paralítica tienen
por término medio una formación más sólida que la población general.
Aceptan la responsabilidad del matrimonio y de sacar adelante una familia
en la misma medida que las personas que no sufren ningún tipo de
discapacidad. También su tasa de empleo es unas cuatro veces más alta que
la de otras personas con otro tipo de discapacidades.
·
La
poliomielitis ha ejercido un efecto profundo sobre la medicina. Tras años
de esfuerzos, el desarrollo de las vacunas antipoliomielíticas supuso un
notable avance. Arrastró a muchos estadounidenses a participar activamente
en la lucha contra la enfermedad, primero en campañas para recabar fondos
y después en el ofrecimiento voluntario para que sus hijos participaran en
las pruebas de la vacuna Salk en 1954. Del impulso dado a la investigación
sobre la poliomielitis se beneficiaron otros hallazgos que, desde
entonces, han revolucionado los campos de la virología y la
inmunología. ·
La epidemia
de poliomielitis aceleró el desarrollo de la medicina de rehabilitación. A
diferencia del enfoque tradicional, centrado en la curación y recuperación
de los órganos afectados por la enfermedad, la medicina de rehabilitación
se preocupa de la reconstrucción de las funciones del organismo y del
aprendizaje de las habilidades necesarias para tener una vida
independiente. Los principios que se desarrollaron hace décadas para el
tratamiento de los pacientes poliomielíticos se aprovechan ahora para
rehabilitar a las personas que sufren lesiones medulares o cerebrales,
accidentes cerebrovasculares o enfermedades
degenerativas. ·
La unidad
de cuidados intensivos es otro de los legados de la era epidémica de la
poliomielitis. La necesidad de asistir a los numerosos pacientes que
requerían respiración asistida hizo que se agruparan los pulmones de acero
en salas especiales, al objeto de que pudieran vigilarse por personal
especializado. Surgieron, además, centros regionales de respiración
asistida para tratar a los enfermos más graves. Algunos de estos centros
prestan hoy ayuda a personas con lesiones medulares.
·
El dinero
con que se crearon esos centros de respiración asistida en los Estados
Unidos provino, en un comienzo, de la Fundación Nacional para la Parálisis
Infantil, que posteriormente dio lugar a las campañas populares conocidas
como “March of Dimes”. Durante un tiempo, esa batalla reveló las mejores
cualidades del pueblo: vecinos que llevaban alimentos a las familias que
permanecían en cuarentena encerradas en sus casas, clubes juveniles que
organizaban colectas para ayudar a sus compañeros hospitalizados, y
asociaciones de mujeres que adoptaban para su cuidado salas de hospitales
dedicadas a pacientes poliomielíticos. ·
Hasta
finales de 1963, los poderes públicos no adoptaron ninguna medida eficaz
para prevenir la poliomielitis en España. Durante la época epidémica y en
los años que siguieron, tampoco se ofreció ayuda estatal a las víctimas de
la poliomielitis, ni para su rehabilitación, ni en forma de ayudas
sociales. De haberse comenzado las campañas de vacunación unos años antes,
por ejemplo en 1957, se hubieran evitado más de 10.000 casos de
poliomielititis paralítica y cerca de 1.500 muertos, niños en su mayoría.
Además, se hubiesen prevenido unos 4.000 casos de SPP entre los
supervivientes. ·
Hay que
reconocer, por último, el esfuerzo y el tesón de los profesionales de la
Salud Pública que, finalmente, lograron convencer a las autoridades
españolas de la necesidad de vacunar, y que llevaron adelante, con sus
propias manos, la primera campaña de vacunación antipoliomielítica en
España. Para los autores de este artículo, que, años después, nos formamos
como profesionales con las enseñanzas de algunos de ellos, tal
reconocimiento se nos hace tan grato como merecido. Algunos miles de
ciudadanos les deben haber vivido su vida sin la servidumbre que impone
esta trágica enfermedad; algunos cientos les deben, simplemente, la vida.
Y todos les debemos el haber puesto la primera piedra para la erradicación
de la poliomielitis en nuestro país, un hito reciente al que,
paradójicamente, nuestra sociedad ha prestado una atención muy escasa. Una
vez más, la ignorancia ha sido la aliada del olvido, pero nosotros
deseamos hacer constar aquí nuestro recuerdo para los Dres Florencio Pérez
Gallardo, Enrique Nájera Morrondo, Luis Valenciano Clavel y Rafael Nájera
Morrondo, entonces de la Escuela Nacional de Sanidad y, luego, del que hoy
conocemos como Instituto de Salud Carlos III. Ellos saben bien
porqué.
RESUMEN 1. La poliomielitis paralítica es una enfermedad aguda ocasionada por la infección con alguno de los tres tipos de virus de la pol |