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Por Dr. Jorge Federico Eufracio
Téllez
Abril de 2006

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Es
muy frecuente, quizá demasiado, que la gran mayoría de los médicos a los
que acuden nuestros compañeros que sufrieron polio, y los que están
padeciendo el Síndrome
Post-Polio
(SPP), reciban como respuesta a su sintomatología que se trata de vejez,
que es la edad, o que ya están viejos; que es cuestión
natural. Creo,
sin temor a equivocarme, que esta aseveración está muy alejada de la
realidad. No se puede llamar "viejo" a una persona de 30, 40 ó 50 años,
inclusive ni a las de 60 años. Según
los comentarios que se han vertido en estos foros, la gran mayoría de
nuestros compañeros iniciaron con la sintomatología del SPP, entre los 40
y los 50 años, edad en la que el ser humano está en plena madurez física e
intelectual y al máximo en su óptimo rendimiento laboral.
Este
es el motivo que me impulsa a escribir este comentario sobre el
"envejecimiento neurológico", que si bien pudiera ser un factor
coadyuvante en la aparición del SPP, no es el causante
directo. Al
ingresar al extremo final del ciclo de la vida, se produce un
deterioro previsible en las funciones del sistema nervioso central, que se
traduce en la pérdida de neuronas en muchos de los sistemas, la cual
comienza desde la etapa media adulta y persiste hasta la muerte. Los
cambios en la morfología del sistema nervioso central se inician por una
pérdida gradual de neuronas que son sustituidas por otro tipo de células
de soporte llamadas genéricamente "glia". En estudios de gabinete se puede
advertir una disminución volumétrica del encéfalo, observándose, pasado el
tiempo, que los surcos del cerebro se ensanchan y sus cavidades
(ventrículos) se agrandan. En posteriores etapas se agregan las "placas
seniles" y los cambios neurofibrilares de la enfermedad de Alzheimer,
enfermedad que no siempre se presenta y está considerada dentro de las
enfermedades neuro-degenerativas, no precisamente
seniles. En
la etapa senil, que se considera a partir de los 60/65 años de edad, es
posible identificar anormalidades neurológicas, de las cuales no es
posible identificar su causa, salvo los efectos del propio
envejecimiento. Estas anormalidades son: 1.-
Neuro-oftálmicas. Una disminución progresiva en el calibre de las pupilas
(miosis), disminución en la respuesta fotomotora de las mismas y la
acomodación; una insuficiencia en la convergencia (presbicia, necesidad de
lentes para leer de cerca), una menor adaptación a la oscuridad y mayor
susceptibilidad a la luz brillante. 2.-
Disminución progresiva de la capacidad auditiva (presbiacusia),
especialmente para los sonidos de tono alto, con el correspondiente
decremento en la discriminación del habla. Esto es debido a la disminución
progresiva de células ciliadas en el caracol del oído. 3.-
Merma del sentido del olfato y en menor grado del sentido del
gusto. 4.-
Signos Motores. Disminución de la rapidez y magnitud de la actividad
motora, aumentado, con esto, el tiempo de reacción, disminución de la
coordinación fina y la agilidad, menor potencia muscular, más notoria en
las extremidades inferiores que en las superiores, perdida progresiva del
volumen de los músculos, particularmente los de la espalda, los de la
pierna y la mano. Estos cambios dependen en gran medida de la pérdida de
neuronas motoras del asta anterior de la medula espinal, aunque los
propios músculos muestran atrofia con el
envejecimiento. 5.-
A menudo se observan cambios en los reflejos tendinosos en el pie. En las
personas de 80 años o más hay una desaparición del reflejo del tendón de
Aquiles. En la rodilla el reflejo rotuliano suele disminuir, pero no
desaparecer por completo. El reflejo palmomentoniano o de "hociqueo"(signo
neurológico anormal que es desencadenado al rascar la palma de la mano, en
la base de muñeca y que produce como respuesta, una contracción de los
musculos de la barbilla y ángulo de la boca del mismo lado que la mano
estimulada), que es detectado en un porcentaje menor en adultos sanos,
aparece a menudo en los ancianos (incluso en el 50% de los adultos mayores
de 60 años y que son considerados normales). Pueden aparecer los reflejos
de succión y de presión, y en estos el médico debe considerar muy
seriamente que pudieran no deberse precisamente a la senilidad, ya que
pudiera ser que esté afectado el lóbulo frontal. 6.-
Hay un decremento o pérdida en la sensación de vibración en los dedos del
pie y "empeine", pero es poco o nulo el descenso de la propiocepción (esta
hace referencia a la capacidad del cuerpo de detectar el movimiento y
posición de las articulaciones). Estos cambios están relacionados con la
perdida de fibras sensitivas y nervios propioceptivos, y es probable la
pérdida de neuronas de la raíz dorsal. 7.-
Los cambios más notables en la senectud son los que ocurren en la
bipedestación, la postura y la marcha. Poco a poco el paso se acorta, la
marcha se hace más lenta y hay una tendencia de inclinar la mitad superior
el cuerpo hacia delante. El anciano se hace más cauto y usa el pasamanos
al subir las escaleras, para no caer. Todos los movimientos se vuelven
menos gráciles y elásticos. Es difícil para el anciano ponerse la ropa
interior o el pantalón, elevando alternamente un miembro inferior mientras
se apoya en el otro. La escritura manual se torna mala, ya que los
movimiento del brazo y de la mano se entorpecen. También se hace más
frecuente el atragantamiento al comer. La incontinencia urinaria es más
frecuente de lo que se supone en los ancianos.
Sin
lugar a dudas este conjunto de deficiencias motoras tiene su razón de ser
en la pérdida de neuronas motoras de la médula espinal, cerebelo y
encéfalo, así como en la pérdida de fibras musculares. La persona mira
hacia el suelo y le es muy difícil caminar y conversar al mismo tiempo.
Poco a poco, al acortar los pasos, los pies apenas si se elevan del suelo;
"marcha a pasitos". Y, por último, los pies simplemente son arrastrados
hacia delante. En esta etapa, la persona puede mejorar su marcha si es
apoyada por el brazo, caminado junto a él, instándosele a que siga una
cadencia. Cuando el problema avanza la persona pierde por completo la
facultad de la marcha y la bipedestación, y queda confinada en cama, sin
moverse y al final en una posición de paraplejía cerebral en flexión.
Este problema es debido a una degeneración del lóbulo frontal del
cerebro y de ganglios básales. Las
caídas en los ancianos son un problema grave en personas que no
manifiestan problemas neurológicos previos. Una persona normal sufre más o
menos 30% de caídas por año, cifra que aumenta a más de 40% en personas
con más de 80 años y asciende a mas del 50 % en ancianos que viven en
asilos. Estos hechos dependen de Varios factores, algunos ya se
mencionaron y que son las dificultades de la marcha. Otros son los
problemas visuales y muy particularmente problemas vestibulares (oído)
degenerativos que producen desequilibrios repentinos. Otra causa es la
incapacidad de hacer ajustes posturales rápidos que son producto solo del
envejecimiento. La hipotensión arterial postural es otra de las causas que
puede provenir del consumo de antihipertensivos y
sedantes. Los
cambios de personalidad en los ancianos son muy variables. Muchos de ellos
se tornan testarudos, repetitivos, rígidos en sus criterios y
conservadores. Otros más se tornan en todo lo contrario; se vuelven
sumisos en exceso, vacilantes y aceptan a-críticamente las ideas. A menudo
los cambios anteriores se identifican como una "intensificación" de los
rasgos de personalidad que han tenido durante toda su vida. Los individuos
viejos tienden a ser más cautos y a perder la confianza en sí mismos, y
necesitan sentir una alta probabilidad de éxito, antes de emprender
algunas tareas. Los factores genéticos, al parecer, son más importantes
que los ambientales para moldear tales rasgos. Aparentemente los sujetos
dinámicos, con gran energía y diversidad de intereses, que permiten lograr
interacciones sociales de muy amplio rango, resisten mejor los estragos
del tiempo, que aquellos que tienen los rasgos opuestos. Los individuos
con rasgos depresivos son abrumados más fácilmente por el deterioro senil
futuro y adoptan una actitud de indefensión, miedo, sospecha y
preocupación. Esto podría explicar el aumento del suicidio al triple en la
etapa media de la vida y en la senectud. El
envejecimiento neurológico ejerce sus efectos más nocivos en el
aprendizaje, en la memoria y la solución de problemas, deficiencias
cognoscitivas atribuibles tal vez a un decremento progresivo en la
rapidez con la que se procesa la información. Al avanzar la edad, y más
particularmente después de los 70 años, disminuye la capacidad de
adquirir, memorizar y retener nueva información, recordar nombres y evitar
la distracción. Además puede perturbarse la capacidad de la memoria,
aunque otras funciones estén intactas. El sujeto recuerda con dificultad
algún nombre o fecha significativa de alguna vivencia, a pesar de que no
ha perdido la memoria de la propia vivencia, o de que conserva muchos
signos y características de la persona cuyo nombre no recuerda por el
momento (síndrome de tener la palabra en la punta de la lengua). Otro
signo característico es la “recuperación del nombre olvidado”, en una
fecha posterior. El deterioro que se menciona se conoce con el nombre de
“olvido benigno de la senectud”, o “deficiencia senil de la memoria”,
empeora muy poco, o no se
modifica durante años y no interfiere significativamente en la vida
laboral de la persona, ni en sus actividades diarias. Gran inteligencia,
hábitos de trabajo organizado, y sano juicio, compensan muchas de
las deficiencias de la senectud. El habito de pensar y leer se considera
una gimnasia para el sistema cognoscitivo. Es
claro que el deterioro neurológico por la vía de la edad cronológica, no
tiene mucho que ver con el deterioro neurológico y osteoarticular que se
presenta en el Síndrome
Post-Polio,
como lo afirman los que desconocen este síndrome.
En
el caso más extremo y, aceptando sin conceder, que en el SPP se pudiera
presentar un envejecimiento prematuro, esto implica por sí mismo una
alteración patológica que es muy digna de tomarse en cuenta para hacer un
buen diagnóstico y descartar absolutamente que los cambios neurológicos y
la sintomatología del paciente sean, en efecto, debidos a su
edad.
Adams
y Víctor. Manual de Neurología.
Séptima edición, 2003. Mc Graw Hill. (Ver capítulo 29: “Aspectos
neurológicos del envejecimiento”, pp.
251/359). Chusid. Joseph G. Neuroanatomía correlativa y neurología funcional. Sexta edición, 1983, Ed. El Manual Moderno. |
Fecha de publicación: 2 de mayo de 2006.
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